30 mar. 2018

Posted by Refrigerio Bíblico | 06:11 | No comments


El mensaje de la sangre de Cristo

PASAJE CLAVE: 1 Pedro 1.17-21
INTRODUCCIÓN
El tema de la sangre de Cristo, aunque es algo que afecta la manera de vivir y de morir de todos, no es algo de lo que escuchamos hablar muy seguido.
Aunque algunos traten de evitar este tema, y varias denominaciones hayan dejado de mencionar la palabra “sangre” en sus alabanzas, la sangre de Cristo todavía es necesaria para que podamos ser salvos. El que la apliquemos o no a nuestra vida determinará nuestro destino eterno.
DESARROLLO DEL SERMÓN
En 1 Pedro 1.18, 19 encontramos la base principal del evangelio, pues nos dice: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”.
La gravedad del pecado
Antes de que podamos apreciar la grandeza de nuestra redención, debemos comprender la gravedad de nuestro pecado. Si pertenecemos a Cristo, pero pecamos en repetidas ocasiones contra Dios, podemos esperar su corrección. Sin embargo, si aún no somos salvos, enfrentamos su juicio. Como Dios aborrece el pecado, no podemos tomarlo a la ligera ni justificarlo. El pecado puede venir en diferentes formas, pero siempre debe ser visto como un acto de desobediencia que nos separa de Dios y ocasiona toda clase de consecuencias dolorosas.
La naturaleza del pecado
  • Engaña. Si seguimos pecando mientras decimos que Dios nos ama y nos comprende, entonces hemos sido engañados, al pensar que no sufriremos las consecuencias.
  • Decepciona. El pecado siempre promete darnos satisfacción, pero solo trae placer momentáneo. Al final siempre nos decepciona.
  • Inhabilita. Quienes pecan pierden oportunidades, e incluso, su salud y sus amistades. Asimismo, el cristiano que vive en pecado nunca podrá llegar a ser la persona que Dios dispuso que fuera.
  • Es depresor. Si una persona vive pecando constantemente, puede llegar a sufrir de depresión. Ni tomar medicamentos, ni asistir a la iglesia podrán ayudar cuando la depresión es producto del pecado. Aunque se trate de ocultar la tristeza, seguirá minando la vida y la vitalidad de quien se niegue a dejar el pecado.
  • Es demoniaco. El diablo hará todo lo que esté a su alcance para atraparnos en el pecado. Es destructivo. Aunque el pecado toma muchas sendas, al final conduce a la destrucción de personas, familias, matrimonios, niños, trabajos y futuro.
  • Trae muerte. En ocasiones es una muerte gradual, o puede que llegue inmediatamente; pero la Biblia nos dice que los que pecan morirán (Ez 18.4Ro 6.23).
¿En qué consiste el poder salvador que trae perdón de nuestros pecados?
Cuando Adán y Eva cometieron el primer pecado, el Señor cubrió sus cuerpos con la piel de un animal (Gn 3.21). De esa manera demostró que la muerte de un animal y el derramamiento de su sangre era el precio necesario para expiar el pecado que habían cometido. Luego, en el libro de Levítico, Dios enseña a los israelitas que la sangre es la que da vida al cuerpo, y que debían derramar esa sangre en el altar como expiación por sus pecados (Lv 17.11). Sin ella no había perdón.
Los miles de sacrificios que se ofrecieron a lo largo de la historia del pueblo judío apuntaron a un sacrificio final, al del Cordero de Dios, Jesucristo, cuya sangre sería derramada por el perdón de todos los pecados. Cristo vino a este mundo a morir. Y, mientras celebraba la Última Cena con sus discípulos, les anunció que su sangre sería derramada para traer salvación. Hasta este día, nos reunimos para celebrar la Cena del Señor y recordar su sangre derramada por nosotros.
Hay cuatro palabras que describen el lugar que tenía la sangre de Cristo en el plan de salvación de Dios.
  • Redención. Fuimos redimidos con la preciosa sangre de Jesucristo, el Cordero de Dios sin mancha y sin contaminación (1 P 1.18, 19). Redimir significa comprar algo de vuelta. Hemos sido vendidos en esclavitud al pecado como consecuencia de la caída de Adán y Eva; pero Cristo nos compró por medio de su sangre.
  • Reconciliación. Fue del agrado del Padre reconciliarnos por medio de la sangre que Cristo derramó en la cruz, para presentarnos ante su presencia santos, sin mancha e irreprensibles (Col 1.22). Reconciliar significa unir a dos personas que antes eran enemigos. En nuestro caso, fue el pecado el que nos separó de Dios. Sin embargo, al confiar en Cristo como nuestro Salvador, y en su sacrificio, recibimos la oportunidad de tener una relación personal con nuestro Padre celestial.
  • Justificación. “Más Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” (Ro 5.8, 9). Justificar significa declarar inocencia. Y, la única manera en la que Dios lo hace es por medio de la sangre de Cristo, derramada sobre los que creen en Él. Quienes rechazan a Jesucristo siguen siendo culpables de sus pecados.
  • Santificación. Cristo santifica a las personas por medio de su sangre (Heb 13.12). Santificar significa apartar para Dios. Al creer en Jesucristo para salvación, somos inmediatamente santificados. Sin embargo, aunque eso sucede en un momento de nuestra vida, también debe ser visto como un proceso, en el cual el Señor continúa apartándonos para Sí, mientras nos transforma conforme a la imagen de su Hijo.
La sangre de Cristo nos limpia cada día del pecado.
Aunque ya hemos sido redimidos, reconciliados, justificados y santificados por medio de la sangre de Cristo, todavía el pecado mora en nosotros, debido a nuestra naturaleza pecaminosa. Aunque esta ya no tiene el poder para dominarnos, hay ocasiones en las que caemos en desobediencia y necesitamos ser purificados. Eso forma parte de nuestra santificación diaria.
De acuerdo a 1 Juan 1.7: “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. Esa expresión implica un proceso continúo de limpieza, el cual es parte de nuestra santificación. También contamos con la promesa que el Señor nos da en el versículo 9, en donde dice: “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Esta promesa no es una invitación a pecar a nuestro antojo, pensando que solo debemos confesar nuestras desobediencias ante Dios antes de ir a dormir. Hacer eso significaría no tomar en serio el pecado ni el precio que Jesucristo pagó con su sacrificio.
REFLEXIÓN
  • ¿Ha tomado en serio su pecado y ha reconocido lo que realmente implica? ¿Qué excusas ha usado en el pasado para minimizar su desobediencia?
  • ¿Puede afirmar que ha confiado en la sangre de Cristo para recibir el perdón de sus pecados? De no ser así, ¿en quién o en qué espera depender cuando llegue ante la presencia de Dios para ser juzgado?
Fuente: Dr. Charles Stanley

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