8 nov. 2014

Posted by Refrigerio Bíblico | 14:39 | No comments

Cómo ser buenos ricos
por Andy Stanley

Seamos sinceros, la mayoría de nosotros somos pésimos administradores del dinero. Pero el secreto para hacernos ricos no es ganar más, sino dar más. Aquí, en los Estados Unidos, la mayoría de nosotros tenemos los problemas de la “gente rica”. ¿No me cree? ¿Alguna vez se ha parado frente a su armario repleto de ropa tratando de encontrar algo que ponerse? ¿Alguna vez ha cambiado un televisor en perfecto estado, por otro más bonito o más moderno? ¿Alguna vez ha esperado en fila para comprar una versión más reciente de teléfono celular? ¿Alguna vez ha salido de compras simplemente para relajarse? Si usted respondió que sí a cualquiera de estas preguntas, entonces es rico.



Si todavía no está convencido, se debe a que la gente define riqueza de manera diferente, y además, le resulta difícil creer que está en esa categoría. Una encuesta reciente descubrió que “rico” era quien tenía más o menos el doble de la cantidad de dinero que ganaba la persona encuestada. Dicho de otra manera, las personas que ganaban $30.000 al año consideraban “rica” a alguien que ganaba $60.000. Para las personas que tenían $5 millones, a alguien que ganaba $10 millones.
La moraleja de la historia es que no importa cuánto dinero ganemos, probablemente nunca pensaremos que somos ricos. Lo cual es lamentable, pues Jesús habló más sobre el tema de la riqueza, que del cielo y el infierno combinados. Por eso, debemos reconocer la prosperidad que tenemos para no pasar inadvertidas las instrucciones en cuanto al dinero.
Cómo ser buenos ricos
Una gran bendición = Una gran responsabilidad
En la primera epístola de Pablo a Timoteo, encontramos un mensaje dirigido a los ricos: “A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas. . .” (1 Ti 6.17). En este pasaje, Pablo explica que el dinero puede sacar a relucir lo desagradable que hay en las personas.
Cuando somos ricos, tendemos a creernos mejores de lo que somos. También es fácil tratar al dinero como un muro protector. Siempre que los ricos necesitan algo, simplemente lo compran (o utilizan el dinero para librarse de algo). Pero el dinero no puede protegernos de todo. No puede comprar la salvación, la felicidad ni la esperanza. No nos hace inmunes a los despidos del trabajo ni a los desastres naturales.
No estoy diciendo con esto que no debamos tener planes relacionados con dinero. Una cuenta de ahorros, un plan de jubilación, y una póliza de seguro son cosas maravillosas, pero no podemos confiar en la falsa sensación de seguridad que ofrecen. Solo estoy diciendo que cuando tenemos dinero, necesitamos balancear el efecto que éste tiene sobre nosotros.
Felizmente, Pablo no solo diagnostica el problema; también nos da el remedio. Dé una mirada al final de la frase. Dice que los ricos “pongan la esperanza. . . en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos” (v. 17).
La manera para contrarrestar los efectos secundarios de la riqueza es poner nuestra esperanza en Dios. ¿Ha conocido usted a personas —multimillonarias o de clase media— que no han puesto sus esperanzas en las riquezas? ¿Cómo lo logran?
Pues practicando lo que Pablo dice a continuación: “Que hagan el bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, y generosos, dispuestos a compartir lo que tienen” (v. 18 NVI). ¡El remedio para la enfermedad de la afluencia —o de ser ricos— es la generosidad! La generosidad nos permite ceder nuestro control sobre las cosas que tenemos, cultivar la gratitud, y entender por qué damos a la riqueza el primer lugar.
Pero, espere. ¿Pensó usted que todas sus riquezas son solamente para usted? Lamento decirle que no es así.
Hay una escena en Lucas 12, en la que el Señor Jesús cuenta una parábola para enseñar acerca de la avaricia: “La heredad de un hombre rico había producido mucho. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios” (vv. 16-21).
Cómo ser buenos ricos
Para que quede claro, Dios no rechaza el tener riquezas. Lo que rechaza es la suposición de que todo lo que ha sido puesto en nuestras manos es solamente para nuestro provecho. Esta suposición de consumición, como me gusta llamarla, nos pone trabas para practicar la generosidad y nos impide ser verdaderamente agradecidos.
Dar puede ser sumamente difícil e incluso parecer imposible cuando se ve al dinero como nuestro, olvidándonos de que todo lo que tenemos le pertenece a Dios.
Es como un museo que presta valiosas obras de arte a otro museo. ¿El Louvre en París estaría satisfecho con que solo el 10% de sus obras de arte prestadas al Museo Metropolitano Nueva York fueran cuida das y devueltas? ¡Por supuesto que no! Esperaría que toda la exposición sea manejada con total vigilancia. Lo mismo puede decirse de Dios y del dinero que nos da.
Cuando usted ve que el 100% de lo que tiene le pertenece a Dios, la generosidad tiene espacio para florecer. Es más fácil dar algo que no es nuestro. Sin embargo, incluso con esa mentalidad es posible que pongamos nuestra esperanza en las riquezas, a menos que sigamos algunos principios sencillos.
Las tres “P”
Permítame presentarle una manera de neutralizar los efectos secundarios de la riqueza, y de cultivar la gratitud. La primera P significa prioridad. No será generoso a menos que haga de la generosidad una prioridad. Si usted espera hasta sentirse rico, nunca empezará a ser generoso. Incluso si siente que es pobre, o incluso si está pensando en la factura vencida del teléfono celular, o en cómo va a pagar el seguro del carro, puede empezar a ser generoso ahora mismo. Porque, irónicamente, la generosidad no depende de la cantidad de dinero que uno dé.
La mejor manera de hacer de la generosidad una prioridad es dar tan pronto como uno recibe el sueldo cada mes. Antes del pago de la hipoteca. Antes de la compra de la comida. Cada vez que Dios le provea su ingreso, deje que su primera acción reconozca de dónde vino.
Cómo ser buenos ricos
La segunda P significa porcentaje. ¿Recuerda lo que dijo Jesús sobre la ofrenda de la viuda? Él dijo: “De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento” (Mr 12.43, 44). El porcentaje es más importante que la cantidad real. Piense en ello de esta manera: Si un millonario da $1.000 dólares a una institución benéfica, y un indigente da solamente $1 dólar, ¿quién da más?
La Biblia habla mucho del diezmo; por tanto, es allí por donde debemos empezar. Algunas personas tienen aprensiones en cuanto a esta idea; el solo pensar en esto las hace sentir incómodas. Sin embargo, si usted quiere protegerse de los efectos secundarios de la afluencia, lo importante es empezar con algo —aunque sea solamente con el 1%.



La tercera P significa progresivo. Progresivo significa que, con el paso del tiempo, usted debe estar en capacidad de aumentar el porcentaje. Si ha estado dando la misma cantidad, a pesar de que sus ingresos han aumentado, intente pasar al 11%, luego al 12%, y así sucesivamente. Pues es posible desarrollar inmunidad a la generosidad cuando se da siempre lo mismo.
Espero que esto no suene a que Dios quiere quitarle todo el dinero que usted tiene. Él da, no quita. El Señor no envió a su Hijo Jesucristo para cobrarnos la deuda que teníamos con Él. Envió al Señor Jesús a dar su vida por usted. Y al llamarle a reconocerlo como el dueño de todo lo que tiene, quiere darle la libertad que se logra cuando se le da a otros.
Ya sea que nos consideremos o no adinerados, adoramos a un Dios que da generosamente. Él recibe honra cuando reconocemos las bendiciones que hemos recibido, y cuando reciprocamos su gratitud. Al final de cuentas, todo lo que tenemos es de Él; ha sido confiado a nuestro cuidado para que lo administremos bien. ¡Dé, entonces, con liberalidad! Porque al dar es cuando ponemos de manifiesto el verdadero significado de la generosidad de Cristo para con el mundo.

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