7 oct. 2014

Posted by Refrigerio Bíblico | 19:38 | No comments

Presencia sanadora

Algunas veces, la mejor manera de compartir con otros el amor sanador de Dios es comparando las cicatrices.

por Winn Collier

Hace casi cinco años, Rachel Adams, una amiga que se había trasladado a la India para trabajar como enfermera de huérfanos con VIH, entró en un prostíbulo de Kamathipura, la zona de tolerancia de Mumbai. La experiencia la transformó. Ella comentó: “A medida que reía y hablaba con las mujeres de allí, la vida que yo conocía empezó a desmoronarse. En los meses siguientes llegué a amar a un grupo de mujeres y niños que habían sobrevivido al tráfico de seres humanos y al trauma. Seis meses más tarde regresé a los EE.UU. y me tomó meses dejar de llorar. Yo no sabía cómo armonizar lo que había visto, con mi vida en los Estados Unidos”.
Rachel comenzó a reunirse con un grupo de nuestra iglesia para hablar acerca de la tragedia del tráfico sexual en suelo norteamericano. El Proyecto Polaris (una organización dedicada a la lucha contra el tráfico de personas) estima que cada año hay cientos de miles de víctimas del comercio sexual en los EE.UU. Constreñidos por la restauración de Dios en sus propias vidas, y por su convencimiento de que el corazón generoso de Dios también se extiende a estas mujeres, Rachel y sus amigos se preguntaron qué parte debían tomar en la sanidad de Dios para estas mujeres y estos niños olvidados.
El trabajo de sanidad emana de la acción redentora de Dios en el mundo. En la tragedia del Edén, la desobediencia del hombre infligió una herida mortal a nuestra alma. El pecado infectó nuestra vida, arruinó nuestra comunión con Dios, causó estragos en nuestra vida, en nuestros matrimonios, y en nuestra propia identidad. Esta letal cicatriz atravesó todas las fibras de la creación. Si Dios no hubiera actuado, la muerte nos habría devorado.
Pero gracias a que Dios actuó, nuestra sanidad llegó con el Señor Jesús. Mucho antes de la encarnación de nuestro Salvador, el profeta Isaías se hizo eco de la gran esperanza de Israel en Aquel que habría de venir, asegurándonos que “por sus llagas” seríamos curados (Is 53.5). Durante generaciones, el pueblo de Dios había orado y anhelado a Aquel que “sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas” (Sal 147.3). Por medio de la cruz de Jesús, Dios aplica el bálsamo del amor. Mediante la resurrección, Jesús sana al mundo.
Jesús insistió en que vino a los que están enfermos, no a los que están bien. Por supuesto, la verdad es que todo el mundo está enfermo y nadie está sano. Todos estamos enfermos, y la pregunta sigue siendo si vamos a dejarnos abrazar o no por el Sanador. En la Biblia, parece que la única barrera para recibir la sanidad que Dios se ha propuesto y es importante recordar que Dios sabe qué clase de sanidad necesitamos (mejor que nosotros mismos), es simplemente nuestra voluntad de recibirla. Cuando Naamán le pidió a Eliseo que curara su lepra, tuvo que renunciar a su control y a su ilusión de autosuficiencia (2 R 5.1-14). Naamán no tenía nada que aportar en ese momento; solamente tenía que sucumbir al amor sanador de Dios. Lo mismo sucede con nosotros.
Hay una gran libertad cuando reconocemos la verdad de que estamos heridos y enfermos; que no tenemos la capacidad de reparar nuestras vidas hechas trizas. Si bien cada ser humano tiene una historia única, todos tenemos una enfermedad común: somos seres pecadores con heridas profundas. El esplendor del amor de Dios brilla más cuando se contrasta con nuestra condición. Jesús, con los brazos abiertos de par en par, muestra la categórica bienvenida de Dios a toda alma enferma por el pecado.
Es por esto que en nuestra iglesia invitamos regularmente a las personas a recibir oraciones por la sanidad de sus cuerpos y sus espíritus. Es también por eso que hablamos regularmente acerca de cómo Dios ha restaurado nuestros corazones, y nos ha dado vida nueva. Creemos que nuestro Dios está dispuesto a sanar a personas enfermas como nosotros.
Cuando hablamos de seguir a Jesús, estamos hablando de este movimiento a la vida, a la sanidad. Es el llamado a recibir amor para darlo después. Ser discípulo de Jesús es participar en lo que algunos cristianos llaman teoterapia. El teólogo Walter Brueggemann nos recuerda que los cristianos “no retroceden con temor por el sufrimiento del mundo. Vamos a éste con libertad y confianza, sabiendo que Dios nos ha confiado la capacidad de sanar y transformar”. Los creyentes somos una comunidad de heridos que por haber sido sanados, podemos ayudar a sanar a otros.
Cuando seguimos a Jesús, nos embarcamos en un viaje hacia la sanidad, y damos comienzo a toda una vida unidos a Dios para sanar a los demás. Este movimiento encarna nuestra vocación como pueblo de Dios y nuestra comisión como discípulos de Jesús. “La iglesia”, escribió el predicador del siglo IV Juan Crisóstomo, “es una farmacia del espíritu”. Somos un pueblo que anuncia que Dios sanará nuestra rebelión y nos amará de pura gracia (cp. Os 14.4).
Una amiga, con una historia brutal y con heridas desgarradoras, me contó recientemente cómo un grupo de personas perseverantes y compasivas habían entrado en su vida y cuidado delicadamente de ella en su peor momento. Después de varios encuentros dolorosos que había tenido en la iglesia, decidió que no tenía tiempo para Dios, y llegó a la convicción de que la fe cristiana era una tonta fantasía. Tras haber pensando durante varios años en el suicidio, creía que su vida era inútil, una basura, y digna solamente de ser desechada. Pero de maneras admirables e inesperadas, varios amigos se dedicaron a ella. Cada uno de ellos le abrió su corazón a ella y su familia. Le contaron sus testimonios de vidas destrozadas que habían sido renovadas por el poder de la gracia.
Aunque las aseveraciones del evangelio la intrigan en este momento, al comienzo tales no eran de su interés. Lo que sí captó su atención fue el despertar que sintió cuando se encontró con personas que vivían en realidad su propio quebrantamiento, y que compasivamente la invitaron a conocer la sanidad que ellas habían encontrado en Jesús. Mi amiga me cuenta una y otra vez que se quedó sin palabras por esta transformación auténtica —la poderosa renovación que había hecho erupción en las vidas de unas personas imperfectas a todas luces. Ella comenzó a creer que tal sanidad también sería posible para ella. Mi amiga descubrió un amor que cura. Ha encontrado esperanza de nuevo.
Esto es lo que sucede cuando aceptamos vivir con Dios. Nos encontramos atraídos a su presencia sanadora. En Mero cristianismo, C. S. Lewis describe la presencia de Dios como “una gran fuente de energía y de belleza que se desborda en el centro mismo de la realidad. Si usted está cerca de ella se mojará: si no está, seguirá estando seco. Después que un hombre se une a Dios, ¿cómo no va a vivir para siempre? Una vez que un hombre se separa de Dios, ¿qué puede hacer, sino marchitarse y morir?”
La intención superior de Dios para la humanidad es la vida, no la muerte —la sanidad, no la tristeza o el sufrimiento. Seguir a Jesucristo es el largo camino hacia el amor, el amor que nos sana y nos une, el amor que restaura nuestras almas.

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