22 oct. 2014

Posted by Refrigerio Bíblico | 06:02 | No comments
Amados tal como somos

A pesar de que nuestra fachada cristiana puede engañar a los demás, Dios sabe lo que realmente somos. Y está esperando para hacérnoslo ver.

por Fil Anderson


Visite cualquier iglesia y encontrará personas que lucen felices, seguras y en paz, pero que en realidad están tristes y avergonzadas, deseando secretamente que alguien las ame tal como son.
¿Por qué se ha vuelto tan común entre los cristianos esta clase de simulación? ¿Estamos tan ciegos que no podemos ver que pretender ser perfectos destruye nuestra integridad? ¿Cuándo vamos a reconocer que Cristo insiste en que acudamos a Él tal como somos?
En mi caso, fue necesario que llegara a mi vida un hombre llamado Mike.
Gracias a que Dios me conoce y entiende perfectamente qué es lo que me motiva, supo que yo necesitaba tener una idea clara de cómo estaba viviendo realmente; así que de una manera incomprensible, lo arregló todo para que Mike llegara a mi vida.
Desde el momento que nos conocimos, Mike me animó a reconsiderar la manera en que yo estaba viviendo. Mike era diferente a los hombres que había conocido antes. Para ser sincero, no siempre me agradaba estar con él. Hubo ocasiones en las que me intimidó, pues me hacía sentir incómodo e intranquilo. Mike había vivido con suficiente autenticidad como para darse cuenta de que yo había vivido la mayor parte de mi vida como un impostor. Vio la realidad detrás de la imagen que yo proyectaba usualmente —y me desenmascaró.
Nos conocimos cuando un amigo en común nos invitó a ir, junto a otros hombres, a un retiro. Estar en una habitación llena de hombres es siempre algo arriesgado. El ambiente se torna muy competitivo, por lo que la posibilidad de conflicto está siempre presente.
Mike y yo fuimos asignados a la misma habitación. En la primera mañana, me uní a los otros hombres para desayunar. Dado que Mike no se presentaba, volví a la habitación para ver cómo estaba antes de que comenzara nuestra sesión. Al abrir la puerta, lo vi sentado a un lado de su cama con las manos en la cabeza. De repente, me miró con los ojos entrecerrados, y me dijo: “En realidad, siempre he escuchado decir que se necesita un pillo para atrapar a otro pillo. Anderson, tú y yo somos mucho más parecidos de lo que parece. La única diferencia es que yo he renunciado a aparentar que todo en mi vida anda bien, pero tú estás todavía tratando de dar esa impresión”. Luego, con una sonrisa, agregó: “Fil, me encantaría saber quién eres realmente”.
El grupo siguió reuniéndose anualmente, y como es costumbre, pensamos que sería bueno que tuviéramos un nombre, algo que nos identificara. Luchamos con algunos nombres durante un tiempo, pero no lográbamos ponernos de acuerdo. Hasta que en una ocasión, cuando estábamos haciendo la reservación en un centro de retiros, el encargado en la recepción preguntó el nombre de nuestro grupo, y uno de los miembros respondió: “Pecadores notorios”, así que ese fue el nombre que quedó.
Con ese nombre, no es difícil suponer que era un grupo en el que se podía ser auténtico sin ningún riesgo. Sin embargo, mi actitud de costumbre era fingir, proyectar la imagen de una persona estable y sin defectos graves. Pero un año, la noche antes de mi partida para nuestro retiro anual, entablé una acalorada discusión con uno de mis hijos adolescentes. Lamentablemente, mi ira insultante y venenosa se hizo evidente. No obstante, cuando llamé para explicar mi ausencia al grupo, me presenté como heroico y abnegado, incluso dedicado por haber decido quedarme en casa.
Pocos meses después, cuando Mike y yo nos reencontramos, él demostró la habilidad de un cirujano al abrirme y poner al descubierto la verdad que creía que había permanecido oculta. “Mira, viejo, por no haber venido al retiro, perdiste la oportunidad extraordinaria de recibir finalmente lo que siempre has querido. Yo sé por qué no fuiste, y no fue porque tu familia te necesitaba. Fue por tu remordimiento y arrogante orgullo. Sabías que si te quedabas en tu casa, parecería como si la crisis que había en tu familia era exclusivamente de ellos, y que te necesitaban para arreglar el problema. Hombre, es posible que los hayas engañado a ellos, pero a mí no. ¡Tu vida es un desastre!”
Lo único que pude hacer fue controlar mi ira generada por el pánico. Estaba a punto de arremeter contra él cuando noté las lágrimas en los ojos de Mike, y el temblor de sus labios cuando se levantó de su asiento y se dirigió hacia mí. Se sentó a mi lado, y me preguntó con compasiva amabilidad: “Fil, ¿qué te hace falta para que dejes de ser controlado por el temor a ser tú mismo? ¿No te gustaría, por favor, salir de tu escondite, decir la verdad, y dejar que te conozcan? Cuando permitas que los demás vean quién eres realmente, experimentarás el amor que siempre has anhelado”.
Su efecto en mí fue como el de un desfibrilador en un corazón casi muerto. Cuando nos conocimos por primera vez, mi corazón estaba cerrado, pero el de Mike estaba muy abierto, especialmente en cuanto a lo que tenía que traer delante de Dios. Mike estaba convencido de que todo lo que no le revelara al Señor terminaría haciéndole daño. Por esa razón, lucía confiado y libre para decirle todo. Nunca había nada que omitiera. Valoro especialmente el recuerdo de esos momentos admirables cuando revelaba sin temor las tinieblas de su corazón, pidiendo a Jesús que hiciera brillar su luz dentro de sus oscuros recovecos.
Mike era una voz profética que retaba a creyentes equivocados como yo, a examinar sus relaciones —con Jesús y con los demás— de una manera poco convencional, valiente, franca y abierta. El testimonio de Mike, a diferencia del de muchos cristianos, demuestra que en lo profundo de su alma está la seguridad de que en el corazón de Dios no hay nada más que amor por él.
Aceptar la realidad de nuestra vida lacerada y llena de defectos, es el primer paso para vivir en Cristo, no porque así podamos reparar de inmediato todo lo que está mal en nosotros, sino porque podremos entonces dejar de buscar la perfección para buscar a Jesús, quien conoce hasta lo peor de nuestra vida. No es hasta que descubrimos nuestro verdadero yo y lo que necesitamos, que descubrimos quién es realmente el Señor Jesucristo: Un amoroso, receptivo, generoso y perdonador Salvador, Redentor y Amigo.
Al recordar ese día, no tengo duda de que Mike me demostró un amor que pocas personas me han demostrado en toda mi vida. Vio mis partes vulnerables y desagradables, pero las aceptó y me aseguró que Jesús, que siempre me ha visto como soy realmente, estaba ansioso de hacer lo mismo. Antes de que terminara nuestra visita, me recordó las palabras del Señor Jesucristo: “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mt 10.39).
Aceptar la imperfección de mi vida es lo más doloroso y difícil que he hecho hasta el día de hoy. Es también lo más liberador y alentador que he dicho de mí mismo. Descubrir la necesidad de autenticidad me ha llevado a confiar en amigos que estén dispuestos a hacer preguntas profundas para invitar a la persona que soy en realidad a salir de su escondite.
Hoy en día, estoy convencido de que Dios ama a toda persona con una profundidad, persistencia e intensidad inimaginables. Estoy completamente seguro de que no hay manera de exagerar la inmensidad de su amor; es inagotable; no conoce límites. Por muy grande que sea la limitación que podríamos tratar de ponerle, el amor de Dios es, en pocas palabras, como ningún otro en este mundo.
Es por esta razón que podemos declarar con certeza que Dios nos ama tal como somos. ¿Cree usted esto? No le estoy preguntando si cree en el amor, pues esa es una ideología teórica e intrascendente. Lo que le estoy preguntando es: “¿Puede usted decir con toda seguridad lo que el apóstol Juan escribió en su primera carta: “Hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros”? (1 Jn 4.16). El amor de Dios es la esencia de nuestra fe, y un magnífico resumen de todo lo que debemos creer. Ese amor crea nuestra verdadera identidad y trae paz, gozo y satisfacción que el mundo no puede dar.
Jesús se ofrece a sí mismo a cada uno de nosotros como un compañero en el viaje de la vida —un amigo que es siempre paciente con nosotros, bondadoso, misericordioso, rápido para perdonar, y cuyo amor no lleva un registro de nuestras faltas. Él dice: “Ya no os llamaré siervos… pero os he llamado amigos” (Jn 15.15). Piense ahora en cómo definió Agustín de Hipona ese término: “Un amigo es alguien que sabe todo sobre ti, y aun así te acepta”. Jesús es el cumplimiento de este sueño que todos tenemos.
El discipulado auténtico requiere saber tres cosas: que nuestro yo es profundamente amado; que nuestro yo es profundamente pecador; y que nuestro yo está involucrado en un proceso de restauración que dura toda la vida. Confrontar estas verdades esenciales hace que sea posible para nosotros, “Pecadores notorios”, reconocer como somos en realidad y reconocer que somos aceptados por Dios.

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