3 sep. 2014

Posted by Refrigerio Bíblico | 23:06 | No comments


Reconozcamos el día de descanso 
El reino de Dios da un vuelco a todo —incluso a nuestra comprensión del tiempo.

por Winn Collier 
Nuestras vidas giran en torno a calendarios —ya sea que estén colgados en refrigeradores o en nuestros teléfonos. Pero ¿son los calendarios más que recordatorios y alarmas? ¿Pudiera la manera como organizamos nuestros días ejercer una influencia poderosa en cuanto a cómo somos formados como discípulos del Señor Jesús?
Un detalle curioso que descubrimos por medio de la Biblia es la gran importancia que Dios da a una sagrada comprensión del tiempo. Una de las primeras cosas que santificó fue un simple día de la semana, el sabbat (Ex 20.8). El tiempo es mucho más que un recurso para el consumo humano. Nuestra postura con respecto al tiempo expresa lo que creemos (¿Es Dios el Señor de mi vida, el Señor de mis días?), y también dónde ponemos nuestra esperanza (¿Es Dios mi provisión, o tengo que arreglármelas por mi propia cuenta?).
El concepto del sabbat era fundamental para la comprensión de Dios por parte del pueblo de Israel, fundamental para la práctica de su fe, y esencial para su identidad como pueblo de Dios. Un día de cada siete, debía detener su trabajo para descansar, adorar a Dios y disfrutar de sus abundantes bendiciones con comida, familia y amigos. El sabbat era el día en que hacían una pausa con la conciencia plena de que Dios ya había hecho todo lo que era necesario para el bienestar de ellos. Si confiaban en Dios podían descansar. Si confiaban en el amor de Dios podían dejar de trabajar. La vida no dependía de sus esfuerzos, lo cual era lo que proclamaba el sabbat.
Durante los 40 años en el desierto, cuando Dios les proveyó milagrosamente el maná, la provisión de Israel se duplicaba el día sexto para que en el sabbat el pueblo no tuviera necesidad de afanarse trabajando, sino que pudiera dar toda su atención a Dios. Era un día dedicado al deleite. Las fuentes judías indican que muchos consideran al sabbat como el momento para dejar de lado prácticas como el ayuno, el luto, e inclusive las formas de oración más solemnes, y así dedicarse a festejar, al jolgorio y a expresiones de agradecimiento. Es por esto que una de las oraciones judías que se recitan en ciertos sabbats, le pide a Dios que “no haya tristeza o dificultades en el día de nuestro descanso.”
En el Nuevo Testamento se nos dice que la iglesia se reunía el domingo —“el primer día de la semana” (Hch 20.7, 8). Como lo había sido el sábado, éste era de igual manera un día de adoración, de descanso y de celebración, durante el cual los seguidores de Jesús podían partir el pan, escuchar la enseñanza de los apóstoles, y dar su contribución a una vida en comunidad que ponía a la vista de todo el mundo hospitalidad y compañerismo radicales. El domingo se convirtió en un modelo para el resto de la semana, ya que las oraciones, el estudio de las Sagradas Escrituras y el compañerismo de ese día, se derramaban a los otros seis días, creando un estilo de vida integral acorde con Dios (2.42-47).
Reconozcamos el día de descanso
Mi papá tiene recuerdos gratos de esta práctica; cuenta historias de cómo su madre pasaba la tarde del sábado cocinando la comida del día siguiente: sopa de patatas y zanahorias, judías verdes, y torta de chocolate. De esta manera, cuando llegaba el domingo, ella no tenía que preocuparse por cocinar, por el contrario, podía disfrutar de la iglesia, de su familia, y de cualquier vecino que pudiera pasar por casa.
No obstante, es difícil dejar de trabajar y hacer un alto en nuestros planes y actividades. Si quitamos nuestras manos del volante de nuestra vida y dejamos nuestras responsabilidades, ¿qué evitará que todo salga de control? Sin embargo, si creemos realmente que Dios nos sustenta, no tenemos nada de qué preocuparnos. Nuestra vida no depende de nosotros. Con nuestro primer día designado por Dios, el gozo, el descanso, y el espíritu del sabbat sigue en nosotros, dándonos el regalo del tiempo seguro en las manos de Dios, no en las nuestras.
En el mundo hebreo, el “día” comenzaba en la tarde. En Génesis, leemos a menudo el estribillo de la tarde y la mañana (el día primero), la tarde y la mañana (el día segundo), y así sucesivamente. En otras palabras, los hebreos comenzaban con el descanso. Cuando dormimos, nuestra contribución es poca, y debemos confiar en Dios para que Él se ocupe durante la noche de nosotros y de quienes amamos. El poeta George MacDonald afirmó que “el sueño es lo que utiliza Dios para darnos la ayuda que no recibimos cuando estamos despiertos”.
Este arreglo de la tarde primero fue precisamente la orientación con la que vivieron Jesús y los escritores del Nuevo Testamento; nosotros hemos volteado el modelo por completo. Nuestro día comienza con nuestra actividad; nos levantamos pensando en las tareas y activando nuestras energías para todo lo que nos disponemos lograr en el día. El día hebreo comenzaba con la dependencia en Dios, mientras que nuestro día se inicia con nuestros propios esfuerzos.
Reconozcamos el día de descanso
No se me escapa el hecho de que nuestra cultura ha comenzado sutilmente a deshacer esta postura del “primer día de descanso”. Muchos de nosotros tendemos a pensar en el domingo como el último día de la semana, en vez del primero. De hecho, muchos calendarios nuevos presentan la semana de esta manera, colocando el lunes (cuando nos preparamos) como nuestro punto de partida, en vez del domingo (cuando desaceleramos). El lunes es, por supuesto, el día que comenzamos otra vez nuestro trabajo —si es que, en realidad, dejamos de hacerlo totalmente. Nuestro trabajo en el mundo es noble y bueno, pero solamente cuando se pone en la perspectiva correcta. Si creemos que nuestra semana comienza con nuestro trabajo llegamos a ser definidos por lo que nosotros hacemos, en vez de lo que Dios hace.
Tenemos que reconocer al Señor como el gobernante de todos nuestros días, si queremos combatir la fatiga de una vida que depende de nuestros propios esfuerzos. Nuestra postura con respecto al tiempo puede orientarnos, o bien hacia la gracia y el descanso, o bien hacia el esfuerzo propio y el agotamiento. Eugene Peterson describe al proceso de esta manera: “Experimentamos esta gracia [del tiempo de descanso] con nuestros cuerpos antes de comprenderla con nuestra mente . . . Estamos poniendo a nuestro cuerpo en un ritmo de génesis”.
La intención de todo esto no es volvernos legalistas en cuanto a la administración del tiempo, es un intento para recordarnos que Jesús es el Señor, incluso de nuestros calendarios. Es para recordarnos que nuestra vida (nuestros días, nuestras semanas) no comienzan con nuestro esfuerzo, sino con Dios.

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