24 sep. 2014

Posted by Refrigerio Bíblico | 04:54 | No comments
La restauración de mi fe
El porqué la esencia de la fe es la relación con Dios, no las obras

por Fil Anderson

NUNCA OLVIDARÉ LA NOCHE que me fui a la cama después de escuchar al evangelista que visitó mi ciudad. Yo tenía diez años de edad, y estaba aterrorizado. Nos había vociferado a todo pulmón a mí (y a todos los otros pecadores) que estábamos sentados en esos duros bancos de madera, con una voz que hervía de desprecio por nuestra absoluta depravación moral, la causa misma de la crucifixión con todos sus detalles sangrientos. Su farisaico discurso llegó a un nivel que me dejó frío: "Si te mueres esta noche, ¿cómo puedes esperar que un Dios santo no te eche en el horno de fuego del infierno?"

Yo temblaba bajo las sábanas esa noche, abrumado por un profundo sentido de culpa y de terror. Dios debe estar muy enojado conmigo, me decía a mí mismo. Debo ser su desilusión más grande.

SI RECUERDO BIEN, Me habían asegurado que la religión era mi único boleto para llegar a tener la mejor vida en este mundo. Así que me dispuse a hacer de ella mi único propósito, aprendiendo con diligencia su vocabulario, memorizando sus reglas, e incorporando sus costumbres y sus prácticas a todos los aspectos de mi existencia. Yo creía que estaba logrando algo sin lo cual no podría vivir, pero en realidad lo que la religión hacía todo el tiempo era agotarme la vida. La religión —no Dios— era quien me dirigía con sus reglas, la que me mantenía bajo control y con un sentimiento de culpa cada vez que me salía de la rutina, y la que constantemente me recordaba mi incapacidad para vivir a la altura de sus normas. Mi conciencia culpable me obligaba a afanarme sin parar para mejorar mis obras, a la vez que sentía que nunca estaría a la altura, sin importar todo el empeño que pusiera.

Siendo ya adulto, me vi atrapado en una tormenta privada de desánimo y desesperación. Durante años había mantenido mi fidelidad a respetables hábitos y valores morales. Incluso me convertí en un consumado y empeñoso profesional religioso, cuya percepción de mí mismo y reputación estaban basadas en el trabajo arduo y en la apariencia de una vida limpia. Mi estilo de vida me ganó mucha admiración y jerarquía dentro de mi entorno cristiano, que solo estaban causando estragos en mi alma. Nadie sabía, en realidad, que yo estaba sufriendo por dentro, por la vergüenza, la desesperación, e incluso el odio a mí mismo.
COMENZAR DE NUEVOMi religión incluía muchas cosas buenas: verdades y principios importantes que me llevaron a realizar obras dignas. Pero también me llevó a correr y a "ganar" la carrera totalmente equivocada. Había creído equivocadamente que ser un buen cristiano significaba creer y hacer bien las cosas —lo que nunca puede compararse con tener una relación diaria e íntima con Dios. Me perdía en los detalles y, por consiguiente, me desanimaba.

Por supuesto, yo no era el primer seguidor de Jesucristo que se doblegaba a la idolatría religiosa. Notemos que cada vez que sus discípulos comenzaban a hacer reglas para sí mismos y para los demás, Él intervenía. El Mensaje parafrasea las palabras que les dirigió Cristo en Mateo 18.2-4 cuando argumentaban sobre su propia importancia espiritual: "Les digo, de una vez por todas, que a menos que vuelvan al punto de partida y comiencen de nuevo como niños, ni siquiera le darán un vistazo al reino, y mucho menos poder entrar en él. Quien se vuelva simple y sencillo otra vez, como este niño, tendrá una elevada jerarquía en el reino de Dios". El Señor estaba llamando constantemente a los suyos a desaprender sus normas mundanas, para que reaprendieran la vida a partir de Él, y le siguieran de corazón, no según un sistema hecho por el hombre.

Aunque mis decisiones eran mías, a veces me pregunto cuán diferente pudo haber sido mi vida si alguien me hubiera hablado del verdadero evangelio. Para el momento que sabía lo suficiente para decir a otros que Dios los amaba, casi no lo creía para mí. Pensaba que Dios me amaría solamente si vivía a la altura de las normas correctas. Pero, ¿qué tal si alguien me hubiera dicho que la otra parte de nuestro pecado es la gracia incontenible y la bondad de un Padre que quiere traernos de vuelta a una relación con Él? ¿Qué tal si alguien me hubiera dicho que mi verdadera identidad estaba en cómo Él me veía, no en como yo me veía a mí mismo, y que su deseo era que yo aceptara la invitación de pertenecer a Él para siempre? ¡Qué abismal diferencia hubiera marcado eso, de haber entendido que los ritos, las pautas e incluso las reglas, no eran más que una suerte de mapa que podía conducirnos a un tesoro inestimable! En vez de eso, yo había confundido al mapa con el tesoro, y por eso no venía nunca la belleza y la maravilla del tesoro: a Cristo mismo.
VERDADERAMENTE LIBRENo fue sino hasta que estuve completamente agotado —emocional, física y espiritualmente— que me di cuenta de que ya no podía seguir viviendo de esa manera. Al reconocer que no era libre, fui a un retiro espiritual buscando desesperadamente ayuda por primera vez. Fue allí donde por fin le pregunté al Señor con toda transparencia: "¿Te conocí en verdad alguna vez, o simplemente lo que tuve fue una relación con una religión?

Ese fue el comienzo de mi libertad. Nunca olvidaré las palabras de mi consejero en ese retiro: "Fil, debes dejar que la definición de Dios en cuanto a ti, se convierta en tu propia definición acerca ti mismo. ¡Él está loco por ti! Tú eres su amado. A partir de este momento, esta verdad debe ser la verdad más importante que conozcas en cuanto a ti".

Cuando comencé a reconocer decididamente y a renunciar a las falsas y distorsionadas imágenes que tenía de Dios, adquirí una conciencia cada vez mayor del Dios vivo y verdadero, quien supera todos los conceptos y las expectativas humanas, y que está más allá de todo lo que podamos intelectualizar o imaginar. La transformación radical de mi vida, de una opresión religiosa a una segura y gozosa relación con Dios, todavía me asombra. El afán y la inquietud ya no me controlan. El proceso de desaprender y reaprender me han traído la paz, la alegría, y la profunda sanidad interior que jamás imaginé que fueran posibles.
UN AMOR DESMEDIDOLa vida de Jesús en la tierra fue la revelación de un Dios que siempre es descomedido prodigando su misericordia y su amor. En sus parábolas vemos a Dios en diversas imágenes de tal gracia: a un prestamista que perdona una deuda enorme, impagable; a un pastor que sale de noche a buscar una oveja perdida; a un juez misericordioso que escucha la súplica de un indigno cobrador de impuestos. Según estas historias, la extensión sin límites de su perdón no depende de nuestro arrepentimiento, de nuestra capacidad natural de amar a los demás, o incluso de obras dignas y honrosas. Depende solo del amor infinito que hay en el corazón de Dios por nosotros.

Uno de las historias más conocidas de Jesús, es la que se refiere al padre que tenía dos hijos (Lc 15.11-32). En ella encontramos dos imágenes impactantes: al hambriento pródigo, impulsado por la vergüenza y yendo por el camino pensando en el error que ha cometido; y a la vergüenza y el dolor que hizo sufrir a su padre. Va ensayando la contrita disculpa que preparó con la esperanza de que su padre considerara la posibilidad de contratarlo como un sirviente.

Es posible que no haya una declaración mayor en la Biblia acerca de cómo es Dios, que lo que el padre hace cuando ve a su hijo a lo lejos. Lleno de compasión, corre frenéticamente a su encuentro de una manera indecorosa; agarra al sucio y andrajoso joven y lo abraza con una alegría desbordante. Antes de que el hijo pueda comenzar a recitar el discurso de vergüenza que había preparado cuidadosamente, su padre —sin una pizca de enojo o resentimiento— es vencido por la emoción que solo el amor incondicional podía provocar, y le prodiga un amor y una aceptación irrefrenables.

El amor de Dios es diferente a cualquier otro amor. No está basado en algo que hagamos. Si lo estuviera, y ese "algo" flaqueara, ¿no se desintegraría también su amor? Eso es lo más remoto que pudiera suceder. Nada es más fuerte o más profundo que su amor. Como dice 1 Juan 4.16: Dios es amor.

LA VERDAD DEL EVANGELIO ES ÉSTA: Dios le ama a usted de una manera perfecta, total e incondicional. Tenga presente esto: Dios no solo ama al mundo; Él le ama a usted, profundamente. El Señor Jesucristo le dice que se siente en casa con su amor, y que sepa que la única razón por la que usted será capaz de amarle a Él es porque Él le amó primero. Cuando sus pies estén plantados firmemente sobre el terreno de esta verdad, y usted esté bañado por su desmedido amor, experimentando su anchura, su longitud, su altura y su profundidad, su vida cambiará. Toda su devoción a Él fluirán de esta fuente.

El apóstol Juan escribió esta portentosas palabras hacia el final de su vida: "Nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros" (1 Jn 4.16). Posiblemente, la pregunta más importante que tendremos que responder en esta vida sea ésta: ¿Podemos expresar esta verdad con absoluta convicción? Estas palabras convierten a una proposición abstracta en una relación personal; son el corazón y el alma de la fe cristiana, y la decisión fundamental de su vida.

Ser cristiano no es el resultado de una elección moral o de una creencia en ideales nobles, sino más bien un encuentro permanente con una persona —Jesús— quien le da a la vida un nuevo horizonte y una dirección definitiva. ¿Creerá usted en Dios y en el amor que Él tiene por usted?

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