18 ago. 2014

Posted by Refrigerio Bíblico | 05:00 | No comments
EL CIELO NUEVO Y LA TIERRA NUEVA
 Por: Dr. Félix Muñoz

C. VISION DE LA NUEVA JERUSALEN

Juan es invitado a mirar a «la desposada, la esposa del Cordero» y lo llevan «en el Espíritu a un monte grande y alto» (Ap. 21:9-10). Aquí Juan ve la nueva Jerusalén descendiendo del cielo, de Dios.

En la descripción que sigue en Apocalipsis 21 se declara que la nueva Jerusalén tiene «la gloria de Dios»; la ciudad es brillante con un «fulgor semejante al de una piedra preciosísima como piedra de jaspe, diáfana como el cristal» (y. 11). Aunque el jaspe suele ser el nombre de piedras de diversos colores, y son opacos, la piedra con la que se compara es preciosa y clara como el cristal. Debe de haber dado una impresión de increíble belleza y brillantez.

Los versículos que siguen describen la ciudad misma como que está rodeada por un muro de unos 70 metros de alto, con doce puertas en el muro guardadas por doce ángeles. En las puertas están los nombres de las doce tribus de Israel. La ciudad es de forma cuadrada y mira hacia el norte, el sur, el este y el oeste, indicando aparentemente que en la nueva tierra hay puntos cardinales como en la tierra actual. El muro está sobre doce cimientos que, según el versículo 14, llevan los nombres de los doce apóstoles.

La ciudad es medida y se ve que tiene 12.000 estadios, o aproximadamente 2.400 kilómetros por lado, con una altura igual. Esto ha hecho surgir la pregunta acerca de la forma de la ciudad, si es un cubo o una pirámide. Probablemente sea mejor considerarla una pirámide, puesto que esto explica cómo podría el río fluir por sus costados, según se presenta en Apocalipsis 22:1, 2.

En general, todos los materiales de la ciudad son diáfanos y permiten el paso de la luz sin impedimentos. Aun el oro es como el vidrio limpio (21:18). Los cimientos del muro llevan los nombres de los doce apóstoles, y representan la iglesia, y están adornados con doce piedras preciosas que dan todos los colores del arco iris, y a la luz brillante de la ciudad proveen una visión hermosamente sobrecogedora (vv.19, 20).

Las puertas de la ciudad son de una sola perla grande, y la calle de la ciudad es de oro puro y cristalino (y. 21). La ciudad no tiene templo porque Dios está en ella (y. 22), y no tiene necesidad de la luz del sol, de la luna o de las estrellas, porque la gloria de Dios y del Cordero proveen la luz (v 23). Los salvados entre los gentiles (las naciones) caminan en la luz de la ciudad y entran libremente por sus puertas, que no se cierran porque allí no hay noche (y. 25).

Según esta descripción los habitantes de la ciudad son santos de todas las dispensaciones. No solamente Israel y los gentiles se mencionan, sino también los doce apóstoles que representan la iglesia. Esto está en conformidad con la descripción de Hebreos 12:22-24, que enumera a los habitantes de la nueva Jerusalén como que incluye a «la compañía de muchos millares de ángeles, la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, Dios el juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el mediador del nuevo pacto». De esto se puede deducir que la iglesia estará en la nueva Jerusalén, al igual que los «espíritus de los justos hechos perfectos» —refiriéndose a todos los santos no incluidos en la iglesia, judíos y gentiles—, y los ángeles, y a Jesús como el mediador del nuevo pacto.

Continuando la descripción de la nueva Jerusalén, Juan habla de un «río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero» (Ap. 22:1). El árbol de la vida, que da doce tipos de frutos, está en medio de la calle de la ciudad y cada lado del río proveyendo sanidad para las naciones (Ap. 22:2).

Se pregunta por qué es necesaria la sanidad de las naciones si ésta es una descripción del estado eterno. La dificultad se resuelve si se acepta la traducción «para la salud de las naciones». Puede ser que el fruto del árbol de la vida y el agua de la vida sean la explicación de la existencia sin fin que los cuerpos de los santos tendrán en la eternidad. Continuando la descripción de la ciudad, Juan dice: «Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán» (y. 3). El estado bendito de ellos consistirá en que podrán ver a Dios cara a cara y llevarán su nombre en sus frentes (y. 4). Juan repite el hecho de que la nueva ciudad será resplandeciente y no necesitará luz artificial, y concluye con la palabra de Dios: « ¡He aquí, vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro» (y. 7).

Considerado el hecho de que los nuevos cielos y la nueva tierra serán la morada eterna de los santos, es notable que haya pocas descripciones de ellos en la Escritura. Es cierto que la Biblia tiene el propósito principal de darnos luz para nuestro actual sendero diario. Al mismo tiempo se nos da un vistazo suficiente de la gloria venidera, a fin de animarnos a avanzar en nuestra vida de fe. Sin lugar a dudas, hay mucho más que se nos puede revelar que el breve vistazo que se nos ha concedido en estos capítulos finales del libro de Apocalipsis.

Aunque Dios ha revelado a su pueblo una cierta medida de lo que «ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre» (1 Co. 2:9), indudablemente hay mucho más que Dios revelará al hombre en la eternidad. No se ha dicho aún la mitad, y nuestro gran Dios se complacerá hasta la eternidad sin fin en manifestar su amor y gracia a quienes han recibido a Cristo como Salvador y Señor.

La Biblia, que es lo único que revela las maravillas del cielo, es igualmente explícita en sus declaraciones acerca de las condiciones según las cuales los pecadores de esta raza caída pueden entrar allí. Sin embargo, hay multitudes que acarician la idea de poder entrar en el cielo y que al mismo tiempo no prestan atención a los consejos de Dios en que expone el único camino dado a los hombres en que puedan ser salvos. No toda persona entrará en el cielo; aquella gloria y bienaventuranza es para los redimidos. La redención depende en forma absoluta de la aceptación del Redentor. Esa aceptación es una transacción de lo más sencilla y, sin embargo, tan vital y conclusiva que el alma que confía recibirá la seguridad por sobre todas las cosas de que está dependiendo solamente de Cristo para su salvación.

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