27 jul. 2014

Posted by Refrigerio Bíblico | 09:10 | No comments


Hemos perdido de vista el hecho de que Dios nos creó para vivir juntos. Sin embargo, podemos recuperar nuestra vida en comunidad —en familia y con los que nos rodean.- por Jim Daly

Las personas no estamos hechas para vivir solas, al menos no todo el tiempo. Nos necesitamos unos a otros. Me gusta cómo lo dice John Ortberg: “La comunión de Adán con Dios era perfecta, y Dios mismo le dijo a Adán que necesitaba a otros seres humanos”.

Aun alguien solitario necesita la conexión y la interacción humanas. Lamentablemente, nuestro mundo moderno hace que esto sea difícil de lograr. La tecnología nos permite “interactuar” con las personas virtualmente sin realmente llegar a conocerlas. La vida en comunidad es un arte que se ha perdido. Sin embargo, con oración e intencionalidad creo que podemos recuperar algo de terreno. De manera que, todo comienza en el hogar.

La comunidad en el hogar
Es probable que usted esté pensando: ¿Por qué en el hogar? ¡Ese es el único lugar donde no tenemos más opción que interactuar con las personas que nos rodean!

Pero piense por un minuto en lo siguiente: ¿Cuánto tiempo empleamos, realmente, en interactuar con los miembros de nuestro hogar? En más de una ocasión, he visto a un papá, una mamá, y a los niños sentados juntos en un restaurante —y cada uno entretenido con un teléfono o a una tableta. ¿Será que se están enviando mensajes de texto unos a otros en la mesa? No lo sé. Pero es claro que no están verdaderamente conectados entre sí. Están distraídos. Los estudios demuestran que el estadounidense promedio dedican diariamente cuatro horas y media a ver televisión —pero el papá o la mamá promedio invierte solo treinta y ocho minutos a la semana en una conversación profunda con sus hijos. El doctor Greg Smalley ha citado un estudio semejante que revela que la pareja promedio invierte solo cuatro minutos al día en conversaciones significativas.

Sin duda, muchos de nosotros estamos sobrestimulados e hiperentretenidos, y el resultado es que nuestras relaciones con las personas más cercanas a nosotros sufren. Para ayudar a resolver este problema, el equipo de Enfoque a la familia creó lo que llamamos la campaña “Haz que cada día cuente”. Donde se anima a las familias a involucrarse regularmente en cinco conductas clave que fomentan una conexión más profunda. Dichas conductas son las siguientes:

• Orar juntos. El tiempo de oración en familia nos acerca más a Dios y unos a otros.
• Reír juntos. La ciencia confirma los beneficios de la risa para el cuerpo y las relaciones.
• Pasar tiempo juntos. Invertir tiempo en actividades positivas reúne a las familias y las ayuda a evitar vivir como “extraños bajo el mismo techo”.
• Conversar. Involucrarse en conversaciones significativas ayuda a fortalecer los lazos familiares.
• Cenar juntos. Las investigaciones confirman que los miembros de la familia que comen juntos por lo menos cuatro veces a la semana, evidencian una mejor comunicación, hábitos de comida más saludables, mejores calificaciones escolares y menos problemas de conducta.
Involucrarse en estas sencillas disciplinas puede mejorar significativamente nuestro sentido de comunidad en el hogar.

Conozca su lugarLa comunidad en la iglesia
En su libro, El Dios pródigo, Timothy Keller escribe: “Usted no puede vivir sin amigos cristianos, sin una familia de creyentes”. No basta con asistir a la iglesia. Así como es posible vivir con la familia y no interactuar, también es posible que usted se siente en la banca los domingos sin llegar a relacionarse con sus hermanos en la fe. Sí, es importante escuchar la predicación y adorar con cánticos, pero si no estamos haciendo un esfuerzo por conectarnos e involucrarnos con nuestros hermanos en Cristo, nos estamos perdiendo de un elemento clave de la iglesia, como lo señala el Nuevo Testamento.

Algunas iglesias son mejores fomentando la vida en comunidad que otras, por supuesto. Pero si usted mira a su alrededor, es posible que en su propia congregación haya oportunidades para invertir en las vidas de otros y, tal vez aun más importante, en usted mismo. Hay grupos de hombres y de mujeres, de estudio bíblico, de actividades para jóvenes y niños, ministerios de música, programas de enseñanza, y otras oportunidades que pueden ayudarle a conocer a otras personas de su iglesia.

Muchas iglesias tienen una “mentalidad misionera” —buscan oportunidades de servir a la comunidad que las rodean y, en última instancia, al mundo. Lo cual nos lleva a otra fuente importante: la comunidad en sí.

La comunidad en la comunidad
Me gusta la amonestación de Pablo a la iglesia en Galacia: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gá 6.10). Después que hayamos creado comunidad con nuestras familias y con nuestros hermanos en la fe, tenemos que llevarla fuera de las paredes del hogar y de la iglesia.

¿Quiere usted que sus hijos o nietos se interesen por el mundo que les rodea? ¿Quiere que aprendan a tener buenos modales, a respetar a los demás, a desarrollar responsabilidad ciudadana, y a disfrutar del gozo del servicio? Pero, por encima de todo, ¿quiere que tengan compasión por alcanzar a quienes no conocen a Jesucristo? Entonces, ayúdeles a invertir en el mundo que les rodea, comenzando por su propia comunidad.
Ya sea que usted le eche la culpa al desarrollado exagerado del sentido de individualismo o no, la mayoría de nosotros hemos olvidado lo que significa ser un buen vecino. Podemos saludar al vecino cuando introducimos el automóvil en el garaje, y eso es todo. Pero ¿qué tal si en vez de meternos a toda prisa en la casa, atravesamos el patio, y hacemos el esfuerzo de hablar realmente con las personas que viven a nuestro alrededor? ¿Conocemos por lo menos sus nombres? ¿Conocemos sus historias o siquiera nos interesa saberlas?

Una de las celebraciones favoritas de nuestro hogar es el horneado anual de Navidad que preparamos. Mi esposa, Jean, hace una enorme hornada de su delicioso pan casero. Tan pronto como sale del horno, mis muchachos, Trent, Troy y yo lo entregamos en las casas vecinas mientras aún están caliente. Es una tarea relativamente sencilla (excepto en los momentos que tiene lugar una violenta tempestad de nieve en Colorado); pero eso nos ha dado la oportunidad de conocer a nuestros vecinos y a iniciar relaciones que de otra forma no podrían haberse formado, de no haber dado nosotros ese primer paso fuera de casa.

Si mira a su alrededor, es probable que haya oportunidades por doquier para amar y servir a quienes le rodean. Esto no tiene que ser complicado. Solo una vez, ofrezca a su vecino cortarle el césped o quitarle la nieve acumulada de su acera. Pídale a la viuda solitaria de su calle que venga a cenar con su familia. Invite a los niños del vecindario a tomar un refresco en una calurosa tarde de verano. Ofrézcase como voluntario para ayudar en un refugio. Ayude a inmigrantes de su área a aprender el idioma en su biblioteca local. Organice una campaña de donación de ropa usada o de alimentos. Las posibilidades son infinitas.

Crear relaciones genuinas con quienes nos rodean nos da la oportunidad de hablar a sus vidas, y sentar las bases para la evangelización. Sé que hay muchas maneras para compartir el evangelio, y no tengo ninguna duda de que Dios las utiliza todas. Algunas personas han puesto su fe en Cristo después de ser confrontadas por un predicador en la calle que llevaba colgando un tablero con la palabra ARREPIÉNTETE, en letras gigantes. Otros han sido salvos después de recibir un tratado de una persona totalmente desconocida, en un parque o en un autobús.

Pero, por mi experiencia, le digo que la mayor parte de la evangelización tiene lugar de una manera natural entre amigos. Cuando entablamos relaciones sólidas y genuinas con quienes nos rodean, compartir nuestra fe es, sin duda, algo que podemos hacer sin titubear, y sin que parezca que les estamos vendiendo algo. La bendición y el privilegio de dar a conocer a Cristo a las naciones son mayores cuando, como sus seguidores, nos involucramos en las vidas de quienes son parte de nuestra comunidad.

Uno de mis ejemplos favoritos de este método es la amistad que hubo entre C. S. Lewis y J. R. R. Tolkien; ambos eran jóvenes profesores en la Universidad de Oxford durante las décadas de 1920 y 1930, mucho antes de que nacieran Las Crónicas de Narnia El Señor de los Anillos. Se hicieron buenos amigos como resultado del amor que ambos tenían por los mitos y las leyendas. Tolkien era creyente, pero Lewis no. Sin embargo, con el tiempo, el Espíritu de Dios comenzó a mover el corazón de Lewis, y la influencia de Tolkien fue parte integral del proceso. Lewis se convirtió al cristianismo en 1931, y atribuyó como clave para esa decisión, una larga caminata nocturna que realizó con Tolkien y con un amigo común de ambos, Hugo Dyson: “Mi larga conversación esa noche con Dyson y Tolkien tuvo mucho que ver con mi conversión”. Ése es el poder que tiene el interactuar con las personas de nuestra comunidad.

A pesar de lo que piensa la sociedad en cuanto a las virtudes de “abrirse uno su propio camino” o “hacer las cosas por uno mismo”, la verdad sigue siendo que nos necesitamos unos a otros. Es la manera como Dios nos diseñó. Y si tenemos verdadera intención de fomentar la comunidad real y auténtica en nuestros hogares, iglesias y vecindarios experimentaremos las bendiciones de Dios.

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